Josep Mª.Jordán: El Papa Francisco ante un tiempo de cambio

LLETRES D’HORABAIXA

 

 

EL PAPA FRANCISCO ANTE UN TIEMPO DE CAMBIO 

Josep Mª Jordán Galduf

 

¿Qué lecciones podemos extraer de este drama humano que estamos viviendo? ¿Qué mundo seremos capaces de construir cuando pase poco a poco esta dolorosa pandemia?

Hace unos días, el domingo 22 de marzo, la Sexta emitió una entrevista de Jordi Évole al Papa Francisco a través de una video llamada. Era la segunda que el pontífice concedía a este perspicaz periodista (la otra se realizó un año atrás). Y esta nueva entrevista no tuvo tampoco desperdicio alguno. Transcurrió en un tono muy natural y cálido, sin revestimientos fofos ni artificiales. 

Ahora, con brevedad, tocaba hablar de la crisis del coronavirus y su tragedia. Una problemática en la que el Papa se halla metido de lleno, mostrando su cercanía a todos los que están sufriendo. Habló también de las inclemencias que viven tantas personas en este mundo. En su opinión, el «sálvese quien pueda» no es ninguna solución, y abogó por avanzar hacia unas sociedades más solidarias capaces de acoger a los más vulnerables y hacer sentir hermandad.

Unos días después, el viernes 27 de marzo, en una homilía pronunciada desde la plaza de San Pedro en Roma (a la que se refería también Ricardo Torres Silva en otro artículo en este diario), Francisco señalaba: «Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que los discípulos del Evangelio (Mc 4,35), nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente». 

Este pontífice tan próximo a todos, que es Francisco, se reveló a la vez inmensamente humano cuando confesó a Jordi Évole que tuvo sus dudas y sus crisis de fe a lo largo de su vida. Unos episodios de los que no está exento ningún creyente y que él solo pudo resolver con la gracia de Dios. Al día siguiente de la entrevista, un amigo sacerdote me dijo que esa confesión del Papa había fortificado su propia fe. 

Sin duda, el testimonio y el mensaje del Papa Francisco no pueden dejar indiferente a nadie. Sobre todo, a ninguna persona comprometida con la búsqueda de un mundo mejor, sea creyente o no creyente. Y para corroborarlo, extracto a continuación algunos párrafos de una de sus más conocidas encíclicas, Laudatio Si (sobre el cuidado de la casa común), en la que Francisco se posiciona ante los problemas globales del tiempo de cambio en que vivimos hoy. 

La llamada del Papa

Los jóvenes nos reclaman un cambio. Ellos se preguntan cómo es posible que se pretenda construir un futuro mejor sin pensar en la crisis del ambiente y en los sufrimientos de los excluidos. Necesitamos una nueva solidaridad universal. Después de un tiempo de confianza irracional en el progreso y en la capacidad humana, una parte de la sociedad está entrando en una etapa de mayor conciencia. 

Entre los componentes sociales del cambio global se incluyen los efectos laborales de algunas innovaciones tecnológicas, la exclusión social, la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía y de otros servicios, la fragmentación social, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad social, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, la pérdida de identidad. Son signos, entre otros, que muestran que el crecimiento de los últimos dos siglos no ha significado en todos sus aspectos un verdadero progreso integral y una mejora de la calidad de vida.

El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social. Si tenemos en cuenta la complejidad de la crisis ecológica y sus múltiples causas, deberíamos reconocer que las soluciones no pueden llegar desde un único modo de interpretar y transformar la realidad. También es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, a la vida interior y a la espiritualidad.

Un compromiso compartido 

Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, porque Dios creó el mundo para todos. Por consiguiente, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados. 

El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral. También requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia. Toda la sociedad –y en ella, de manera especial el Estado– tiene la obligación de defender y promover el bien común. 

Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana. 

Tenemos que convencernos de que desacelerar un determinado ritmo de producción y de consumo puede dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo. Se trata de abrir camino a oportunidades diferentes, que no implican detener la creatividad humana y su sueño de progreso, sino orientar esa energía con cauces nuevos.

Sabemos que es insostenible el comportamiento de aquellos que consumen y destruyen más y más, mientras otros todavía no pueden vivir de acuerdo con su dignidad humana. Por eso ha llegado la hora de aceptar cierto decrecimiento en algunas partes del mundo aportando recursos para que se pueda crecer sanamente en otras partes.

Redefinir el progreso

Para que surjan nuevos modelos de progreso, necesitamos «cambiar el modelo de desarrollo global», lo cual implica reflexionar responsablemente «sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones». Se trata de redefinir el progreso.

No todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan. Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social.

La gran riqueza de la espiritualidad cristiana, generada por veinte siglos de experiencias personales y comunitarias, ofrece un bello aporte al intento de renovar la humanidad. Lo que el Evangelio nos enseña tiene consecuencias en nuestra forma de pensar, sentir y vivir.

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