Manolo Vidagany: I LOVE PARIS

  

I LOVE PARIS (1860-1882)

Visto así –o leído- mas parece el atractivo anuncio de una agencia de viajes para atraernos hacia esa bella ciudad, que el tema musical al que “pertenece” esta sección del diario, pero en el artículo de hoy, podríamos traducirlo por…”quiero ir a Paris”, o…. “tengo que ir a París”.  

    París, al igual que otras ciudades, como Roma, Florencia o Milán en Italia,  Londres, Viena,  Praga, en fin, todas las ciudades que poseían esa aureola cultural, donde el talento de sus compositores e instrumentistas destacaban (además de los mecenas que los sustentaban), eran deseadas y visitadas, por todos los músicos que buscaban, entre otras, ampliar conocimientos con los maestros que admiraban, y “encontrar” -si fuera posible-, oportunidades para lograr un  puesto oficial  o poder estrenar su obra con más “posibilidades” de triunfo. Por citar alguno de los más  conocidos, Mozart recorrió todas las ciudades citadas, (París en dos épocas) y Haendel, terminó sus días como compositor en Londres (está enterrado en la Abadía de Westminster).

   En esos años, París contaba con dos escuelas importantes. Vincent d’Indy, que había estudiado con Cesar Franck, dirigía la “Schola Cantorum”, en la que aplicaba la seriedad y corrección de sus conocimientos  con Franck. Joaquín Turina estaba matriculado en esta academia, y Albéniz impartió unos meses, clases en ella. En la otra corriente, estaban Maurice Ravel y Claude Debussy, el modernismo impresionista, (a Debussy no le gustaba esa denominación, prefería llamarla “realidad misteriosa”), a la cual estaba afecto Manuel de Falla. Personajes como Stravinski, Fauré, Chabrier, Dukas, o el coreógrafo Sergei Diaghilev, amén de alguno más, así como sus actividades culturales (recordemos que también era la época de los grandes pintores), teatral o concertista, completaban la oferta de posibilidades que ofrecía esta ciudad,  (allí, Diaghilev y el bailarin Nijinski estrenaron “Preludio a la siesta de un fauno” de Debussy, o “La Consagración de la Primavera” de Stravinski, con unas críticas  “muy fuertes” debido a sus coreografías y diseños “antimorales”), por lo que no era raro que músicos de todos los países se vieran necesitados de visitarla y “llenarse” de sus ventajas.

   España no fue ajena a esta corriente, y he elegido a cuatro compositores, cuyas fechas de nacimiento ocupan el período arriba señalado, (fecha de nacimiento entre el primero y el  último),  que para mí, y creo que a la música española, representan el máximo exponente de ella entre finales del XIX y mitad del XX. Todos han estudiado o recibido consejos de Felipe Pedrell  (1841-1922), nacido en Tortosa, y considerado el impulsor de la música nacionalista española, y todos han conseguido que fuera admirada y escuchada por todo el mundo. Música, que sin perder ni un ápice su carácter popular, fue abandonando “el tipismo de la pandereta y  castañuelas”. (Dicc.Oxford).

   París, acogió calurosamente a los españoles y a su música. De sus músicos, recibieron una buena amistad además de sus enseñanzas, y nuestros cuatro compatriotas, pudieron oír sus estrenos allí en París antes que en su casa gracias a ellos. Compositores como Rimsky Korsakov o Glinka, o los franceses Ravel, Chabrier o Debussy, se sentían atraídos por los elementos orientales que contenía (unos cuantos siglos  de dominación morisca no han pasado en balde) y que habitaban también en la suya. “Capricho español” de Rimsky Korsakov, “La Hora Española” de Ravel, “Jota Aragonesa” de Glinka, “España” de Chabrier, “Iberia” de Debussy o la ópera “Carmen” de Bizet, muestran el interés de esos maestros por “lo nuestro”.

    El trabajo y estudios de nuestros músicos, queda reflejado en la vida y obra de cada uno. Su música permanece intacta y tan viva como cuando nació, y sus nombres han quedado escritos en la Historia de la Música.

    Por fecha de nacimiento, el primero es Isaac Albéniz (1860 Camprodón, Gerona-1909 Cambo les Bains, Pirineos franceses). Su vida ha sido un “prodigio” de técnica y aventuras. Fue considerado como un nuevo Mozart. A los 4 años se presentó en el Teatro Romea de Barcelona, y a los 6 años es llevado por su madre a París para estudiar con Marmontel y preparar el ingreso en el Conservatorio. Después de realizar una brillante prueba, saca una pelota para jugar, y rompe un espejo del salón, por lo que no es admitido. De regreso a España, realiza conciertos con su hermana Clementina (otra similitud con Mozart) de la que había recibido las primeras lecciones, y obtiene muchos éxitos, pues además de tocar, improvisa con mucha facilidad sobre cualquier tema propuesto.

   Demuestra una gran afición por los libros de Julio Verne, y esa “afición”, le impulsó a escaparse de casa muy joven e iniciar una carrera de éxitos por toda la península y “salir” (su padre lo había reclamado, y por eso decidió embarcar) hacia América, donde recorrió desde Estados Unidos hasta Argentina, siendo muy apreciado y consiguiendo algunos ahorros. De vuelta a España, da conciertos en Londres, estudia en Leipzig composición, y en Madrid recibe la ayuda (aún tenía quince años) del conde Morphy, secretario de Alfonso XII, con una pensión real, que le permite estudiar en Bruselas, Viena y Budapest, donde se presenta a Listz, que le acoge amablemente. En Barcelona, conoce a Felipe  Pedrell. Su reconocimiento como pianista, le hace ser conocido como el “Rubinstein” o el “Listz” español. En Inglaterra, también fue contratado por el rico banquero Money-Coutts -necesidades monetarias, tal como dijo- para componer óperas (“Henry Clifford”, “Merlin” y “Pepita Jimenez” sobre la novela  de Juan Valera).

   En 1893, (ya casado), se instala definitivamente en Paris, donde deja su faceta de concertista y se dedica a la composición. Allí se relaciona con lo mejor de París (Fauré, Dukas, d’Índy). De su producción, cabe destacar la ópera “Pepita Jimenez”, y sobre todo, su obra pianística, en la soberbia “Suite Iberia”. De él se dice que fue casi autodidacta de todo debido a su gran facilidad, pero en realidad, sabía aprovechar todo lo que veía y escuchaba de sus varios maestros, y aplicaba sus propios conocimientos.

   El segundo en fecha, es Enrique Granados (1867 Lérida-1916 en el mar). Su padre era militar en Canarias y tras un grave accidente se trasladan a Barcelona. Allí había recibido las primeras lecciones del director de la banda militar, y en Barcelona, estudia en la Escolanía de la Merced; armonía con Pedrell y piano con Juan Bta. Pujol.  Niño todavía, toca en un café barcelonés para ayudar en  los ingresos de la familia, (al parecer quedó huérfano) y  da recitales que ya obtienen un gran éxito. Un buen amigo y admirador, le ayuda para trasladarse a París (1887), pero una vez allí enferma de tifus y no realiza los ejercicios de ingreso, por lo que se queda a estudiar piano con  Bériot. Allí entabla amistad con músicos e intelectuales. Ya de vuelta, comienza sus primeras composiciones,  que en París son muy apreciadas por músicos como Saint-Saëns, Cui o Massenet, que le llama el “Grieg español”. En esta época, se convierte en un gran concertista y acompaña a grandes solistas como a los violinistas Manén  y Thibaud, o el violoncelista Pablo Casals.

   En 1900 funda en Barcelona, la Sociedad de Conciertos Clásicos, en la que se revela como un buen director. En 1901, funda su propia academia “Granados”,  de gran fama como pedagogo, que dirige hasta su fatal viaje a América.

   Amigo de Albéniz, es amante de las poesías de Becquer y el pintor Goya, y en sus famosos cartones y tapices, se inspira para componer unos cuadros pianísticos llamados “Goyescas”, que estrena en el Palau de la Música de Barcelona en 1911.

    1914, es un año plagado de éxitos en París y su Teatro de Ópera, por lo que es encargado por Rouché, su director, para transformar Goyescas en ópera y estrenarla allí, pero al estallar la guerra, se hace imposible su estreno, y por medio de Paderewski, se consigue su estreno en Nueva York (Metropolitan Ópera House), en Enero de 1916, donde en 24 horas compuso su famoso intermedio, por ser el entreacto del segundo  y tercer cuadro, demasiado corto.

  En Marzo del mismo año, el “Sussex”, barco que trasladaba a Granados y su esposa desde Inglaterra a Francia (por aceptar la invitación del presidente Wilson por el estreno de Goyescas, tuvo que tomar otro barco diferente del que le trasladaba a España) fue torpedeado por un submarino alemán. Las fuentes no aclaran quien se lanzó (perdidos los nervios)  a salvar al otro, pero el barco llegó a puerto, y Granados y su mujer perecieron ahogados.  

     De él dijo Debussy: ..”su música es como una rareza viva, os persigue como el perfume, más persistente que fuerte”..

   Sus composiciones, abarcan obras escénicas, orquesta, cámara, piano, vocal y transcripciones y arreglos.

   El tercero por fechas, y quizá el más internacional de todos es Manuel de Falla (1876 Cádiz-1946 Córdoba, Argentina). De ascendencia valenciana por su padre y catalana por su madre, recibe las primeras lecciones por parte de esta, buena pianista. De niño, actuó con su padre a cuatro manos, y a los once, ejecutó al órgano una obra de Haydn en Cádiz, causando sensación su técnica. En su casa, -igual que en las amistades de la misma-, había un buen ambiente musical que le fue propicio. En 1896, se traslada a Madrid, donde en el Conservatorio estudia piano con José Tragó y composición con Pedrell, relacionándose con los músicos de la época y haciendo amistad con Chueca. Después de ganar un concurso de piano (premio: un piano  de cola), hizo un intento con la zarzuela, pero comprendió que aún no estaba a punto para lo que deseaba.

  En 1904, la Academia de Bellas Artes de Madrid convoca un concurso para premiar una ópera y presenta “La Vida breve”, su primera gran obra, con la que gana el premio aunque se estrenó ocho años después en Niza.

  En 1907, se traslada a París (estuvo siete años), donde para “sufragar” los gastos, da lecciones y dirige una pequeña orquesta de pantomima.  Frecuenta a Dukas, Ravel, Debussy y Stravinsky (menudo “cartel”) y se hace amigo de Turina. Junto a este, ofrece un concierto en el Ateneo de Madrid a su vuelta a España en 1914.

   En 1915 compone y estrena “El Amor brujo”, dedicado a Pastora Imperio (de la que se dice estuvo enamorado), y en 1917, estrena “El Corregidor y la molinera” que fue dirigido por Turina (más tarde fue convertida en ballet,  a petición de Diaghilev, y con diseños de Picasso, con el nombre de  “El Sombrero de tres picos”).  “Noches en los jardines de España” fue interpretada en Londres en 1921, y él mismo, ejecuta la parte del piano con un gran éxito. En 1922, (junto con Lorca), organiza en Granada un festival de “cante jondo” para dignificar este estilo. En 1923 estrena “El retablo de Maese Pedro”, un encargo de la princesa de Polignac. Gran amigo de García Lorca, escribe -aconsejado por este- música para unos sonetos de Góngora. Durante el estreno de “El Retablo”, en Sevilla se forma una orquesta con profesores sevillanos y que agrada a Falla, y de ahí nace la Orquesta Bética de Sevilla.

   En 1939, bastante delicado de salud, se dirige a Buenos Aires a dirigir unos conciertos, invitado por la Institución Española de esa ciudad en su XXV aniversario.  Su salud, ya no le permite volver a España, y allí dedica sus últimos trabajos a “La Atlántida”, el poema de Jacinto Verdaguer, y que terminará su discípulo Cristóbal Halfter.  Muere en Alta Gracia, en la provincia argentina de Córdoba. Sus restos descansan en Cádiz en su misma Catedral.

  Enamoradizo de todo lo que era patria, su música es de esencia andaluza. Por su carácter sobrio y austero (y porque debía de vestir de oscuro), Dukas lo llamaba “le petit espagnol tout noir”.

   El cuarto y último, por fechas, es Joaquín Turina  (1882 Sevilla-1949 Madrid). Sus primero estudios fueron en Sevilla, y a los cuatro años, “destacaba” con el acordeón. Ya joven, formó un quinteto con amigos, y obtuvo, ya como solista, una buena reputación con el piano.

   En 1902, se traslada a Madrid, donde oye buena música y buenas orquestas, estudiando piano con José Tragó, y trabando una buena amistad con Falla. Allí también compone una serie de pequeñas obras.   En 1905, se traslada a París, y estudia piano y  composición con Moszkowski, y más tarde, composición con d’Indy en su “Schola Cantorum”. En París obtuvo buena reputación. Junto al Cuarteto Parent, estreno su “Quinteto en Sol menor”, que obtuvo el Premio en el Salón de Otoño. Al estallar la Primera Guerra Mundial, vuelve a España, y se instala definitivamente en Madrid. Junto a Falla, actúa en un concierto del Ateneo  de Madrid para la presentación de sus trabajos, y ya se dedica a su labor de composición, concertista y buen director, estrenando como tal, “El corregidor y la Molinera” de Falla  y siendo contratado por Diaghilev como director en la gira de los Ballets Rusos en España. En 1931 entra en la Cátedra de Composición del Conservatorio de Madrid, y también ha sido crítico musical en los diarios Ya y Dígame. Después de la guerra española, fue nombrado Comisario General de la Música desde el que participa en la creación de la Orquesta Nacional de España. Buen y variado bagaje dedicado a la música.

   Dicen que su estilo quizá sea el menos “nacionalista” de los cuatro, pero no cae nunca en el folclorismo exagerado y es de una delicada y excelente inspiración andaluza. En el campo compositivo, destacan sobremanera, “La Procesión del Rocío”, la impresionante “La Oración del torero”, sus “Danzas fantásticas” y la “Sinfonía Sevillana”.

  Como final de este resumen de estos cuatro grandes de la música española, debemos fijarnos en un “par de detalles”. Con las debidas variaciones de fechas de su estancia allí, todos se demostraron (es como cuando salimos al extranjero cuando ves a un compatriota) una gran amistad y ayudas. Granados se hizo muy amigo de Albéniz (era el más antiguo y además se quedó allí), Turina lo mismo con Falla, y además de compartir hotel, estrenaron juntos en su vuelta a España.  Albéniz ayudó (secretamente) a Turina en la publicación de una de sus obras y era definido por  Falla como de una gran bondad. Cuando actuaba uno, acudían al concierto para aplaudir, y si hacía falta, “defender” contra los críticos. De toda esta amistad, tenemos su música.

   Numerosísimos españoles acuden desde entonces, y actualmente, a ampliar sus conocimientos a esta ciudad. Por no hacerlo más largo, podemos citar a nuestro Joaquín Rodrigo, que ya se trasladó más tarde, y en el periodo que abarca este trabajo, a otro español, el pianista catalán, Ricardo Viñes,  (o Vinyes), al cual dedicó Falla sus “Noches en los Jardines de España”, y que por su extraordinaria calidad, era el encargado de los estrenos de Ravel y Debussy, -entre otros-, y de nuestro paisanos.

   Enrique de Borbón (después Enrique IV), heredero de Enrique III en la Corona de Francia, y calvinista en las guerras de religión que sostuvo esta (los católicos no aceptaban un protestante como heredero) decidió convertirse al catolicismo, y se acabó la guerra. Parece ser que  dijo la siguiente  frase: “París bien vale una misa”. En la vida de estos músicos, podríamos decir que “París bien valió la pena”.

  Gracias y hasta otra

   Fuentes: -Juan Manén “Diccionario de celebridades musicales”-R.Sopena-1973

                     -Diccionario Oxford de la Música-Edhasa Hermes-1984

                     -Los Grandes Compositores-Salvat-1989

                  -Gran Historia Universal (tomo VI)-Ed. Nájera-C.I.del Libro-1988

 

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