La riuada de València segons l’escriptor Pascual Enguídanos

pascual-2LA RIUADA DE VALÈNCIA DE 1957 SEGONS L’ESCRIPTOR EDETÀ PASQUAL ENGUÍDANOS

(Francesc Rozalén Igual) Fa dues setmanes que es va clausurar a l’històric palau renaixentista de Ca la Vila, l’exposició que la ciutat de Llíria li ha dedicat a l’escriptor edetà de novel·les populars, Pasqual Enguídanos, més conegut pel pseudònim de George H. White. Entre els materials que s’exposaven, hi havia una carta inèdita redactada per Pasqual el 25 d’octubre de 1957 on relatava la seua experiència i la de la seua família en la riuada que patiren a la casa familiar que habitaven en una planta baixa del carrer de la Barraca, al Cabanyal. Cal recordar que Pasqual es casà el 1952 amb Carmen, una jove del Cabanyal, i per aquest motiu traslladà ací la seua residència fins als esdeveniments de la riuada de 1957 en què tornaren a viure a Llíria.

Aquesta carta la va escriure Pasqual per comptar-li al seu benvolgut amic Francisco Furio, que aleshores estava destinat com a metge al Pla de Santa Maria (Tarragona), tots els esdeveniments que patiren durant els dies de la riuada. La carta, que es composa de 5 folis escrits a màquina d’escriure, no tenia ninguna finalitat literària, sols era un mitjà de comunicació per a relatar les experiències viscudes. Però Pasqual, com a bon escriptor, i sense pretendre-ho, fa d’aquesta missiva una mena de relat novel·lesc. Una mostra més del talant, imaginació i qualitat literària que mostrà l’escriptor al llarg de la seua fecunda obra.

Aprofitant que hui divendres 14 d’octubre de 2016 és l’aniversari de la riuada, he cregut interessant que els lectors puguen conéixer una part d’aquesta carta escrita com si fóra un relat literari. Degut a la llargària de la carta, sols transcriure els paràgrafs que considere més interessants:

“El golpe más rudo lo han sufrido nuestros desdichados muebles, que al alcanzar el agua un nivel aproximado de 1,40 metros dentro de casa ya puedes imaginar el estado en que quedaron. Pero los muebles pueden repararse y el ajuar, gracias a nuestro sentido previsor y a la experiencia del año pasado, en que el agua también entró en casa hasta una altura de unos 30 centímetros, se ha salvado totalemnte. A excepción de algunas mantelerías y cosas de poca monta que después de un lavado adecuado han recuperado su buen aspecto.

También salvamos de la arpa del Turia los colchones, la máquina de escribir, el aparato de radio, algunos diccionarios y los mejores libros. Otros diccionarios, novelas y una enorme cantidad de mi material de archivo (recortes de periódico, revistas, etc…) llevaron la peor parte y se fueron al diablo. Es lo que más siento, por tratarse en buena parte de material irreemplazable.

La cosa, porque imagino que estás impaciente por conocer la tragedia en todos sus detalles, ocurrió así:

El domingo, después de fallar casi todos los resultados de la quiniela, habíamos hecho el propósito de ir al cine. Pero Manolín (el seu fill) acababa de pillar la “Asiática” esa y alrededor de las 7 le pusimos una inyección de cierto antibiótico.

Decidí marcharme sólo al cine, puesto que el niño parecía encontrarse mejor. Al salir del Cine Lírico del Grao encontré la calle mojada y cierta actividad en las proximidades del Puerto. Me dijeron que el gobernador y el alcalde de Valencia estaban allí con cierto número de agentes de policías para proceder a la evacuación de Nazaret. El Turia venía crecido y se hacía temer una riada.

Seguí hasta casa muy tranquilo. Carmen (la seua esposa) leía acostada junto al niño dormido. Entré en la cocina para preparar dos vasos de leche. Dos viejas que habitaban en la casa de atrás vieron luz en la cocina y me llamaron. Les habían avisado, dijeron, de una inminente riada. Ellas estaban ya poniendo sobre las mesas los colchones y otras cosas.

Carmen, con el antecedente de la tormenta de noviembre del año pasado, se alarmó. Saltó de la cama. Celebramos conciliábulo.

_Mujer, mucho ha de subir el río para que llegue hasta aquí –le dije.

Durante aquella célebre riada de septiembre del año 50, el agua subió un metro en la Papelera (La Papelera está detrás del “chalet” de Blasco Ibáñez).

Echando pestes y denuestos contra la suerte de habitar en planta baja salí a la calle a inquirir noticias. Había algunos grupillos de gente en las calles. Mujeres con un abrigo sobre el camisón y hombros que dejaban ver los pantalones rayados de sus pijamas comentaban y se interrogaban entre sí. ¿Habría riada? ¿Llegaría el agua hasta aquí?

Nadie sabía nada en cierto. El vigilante había recibido orden de avisar a las plantas bajas… y él lo había hecho; en las tiendas y establecimientos donde habían cosas “de cuidado”. ¡Que gracioso, el pobre hombre!

Dí unas cuantas vueltas y volví a casa. Carmen se había vestido y empezaba a sacar cajones de los muebles. Le ayudé unos minutos y volví a salir. Idéntica situación, sólo que algunas mujeres se aprovisionaban de alimentos en una tienda atestada de gente.

Volví a casa y encendí la radio. Silencio mortal. (Estas cosas sólo ocurren en España y en los países árabes. Los locutores, pese a tener noticias de la inminente riada, cerraron la emisión a las hora de costumbre y se marcharon a dormir).

Súbitamente se apagó la luz en toda la ciudad. Salí para adquirir un par de bujías en la tienda de enfrente, donde los dueños se apresuraban a poner algunas cosas en salvo. En este momento empezó a respirarse un franco ambiente de tragedia. Pasaban grupos de gente con hatillos de ropa, en precipitado éxodo hacia lugares más seguros de los habitados por ellos. Un joven pasó empuñando una linterna y dijo a otros:

_Vete a casa y no te muevas de allí. La cosa es grave.

Regresé a casa y colaboré con Carmen en poner a salvo sobre el ropero todos los cajones llenos de ropa que sacábamos de los demás muebles. Menos mal que lo hicimos. Preparamos también la cama-consola (nuestra última adquisición) por si había que evacuar al piso de arriba. Carmen metió en el cajón de la verdura un bote de leche condensada, algunas latas de conserva, café y azúcar. Nos preparamos para salir a la primera señal de alarma, pero yo me resistía a aporrear la puerta del vecino de arriba, que dormía ignorándolo todo.

En la indecisión salí en nueva exploración a la calle. Ya no pasaban tranvías ni taxis, aunque sí muchos coches particulares y motos. Un motorista anunció que el agua iba a sus anchas por el camino del Grao.

_Malo – pensé.

Nuestro médico metía su Renault en el patio de su casa. Otro vecino montó su coche sobre la acera. En las plantas bajas, la gente alzaba colchones y sillerías sobre las mesas, Nada se había de salvar.

Regresé de nuevo a casa y tomé por mi cuenta algunas precauciones. (La estufa de petróleo que sirve también para guisar, todo el petróleo que pude hallar, libros de los estantes bajos del armario a los más altos, cajones del aparador sobre el mueble)… y todo esto con la vela arriba y abajo.

Un ciclista pasó por la calle.

_Sálvese el que pueda –gritó, o cosa parecida.

Carmen y yo nos miramos. Carmen salió a la calle y señaló una mancha blanca que en la calle ya me había parecido agua mucho antes…y solo era el pavimento que se estaba secando.

_¿Aquello es agua?

Me acerqué. Era agua. Corría rápidamente junto a los bordillos de la acera… Y entonces se produjo la escena de terror. A oscuras. Sonaban premiosos los silbatos de los vigilantes. El vecindario de las plantas bajas aporreaba la puerta de los pisos. Se escuchaban llamadas y gritos.

Dí un salto hacia la puerta de nuestro vecino y llamé a puñetazos. La puerta estaba solamente atascada y se abrió de par en par. Subí a trancos la escalera y atroné la puerta del piso. Los vecinos (un mecánico dentistas) no tardó más de medio minuto en salir a abrir empuñando una palmatoria. Creían que el niño se había puesto peor y estaban asustados.

Le informé en dos palabras de lo ocurrido y bajé volando. Carmen estaba muy asustada. Entré en la habitación. El niño ¡angelito! seguía durmiendo con el sopor de la fiebre. Le cogí juntamente con las mantas de la cama, se despertó sobresaltado y dio un grito. Salí seguido de mi mujer…

El resto ocurrió con mucha rapidez. Subí al niño, al colchón, la cama consola…

Al tercer viaje tuve que descalzarme y arremangarme el pantalón. El agua iba ya por las aceras promoviendo un ruido sordo y amedrentador. “Chita”, nuestra perra, se metió debajo de la cama negándose a salir. La dejé y mientras iba por la casa con el encendedor en la mano, amontonando sillas y libros, la llamé tranquilizando la voz hasta que salió. Entonces la atrapé y la llevé a la escalera del piso.

El agua me llegaba hasta la rodilla, pero volví por la radio y puse en salvo las obras completas de Blasco Ibáñez y otros libros valiosos. Recogí también todo el dinero que había en casa y me lo eché al bolsillo. En estos momentos tenía la seguridad de que el nivel alcanzaría un nivel muy alto, y ni siquiera lo que había encima del ropero me pareció demasiado seguro. No obstante, como no podía hacer nada, me resigné y salí cerrando la puerta.

Habrían de pasar 28 horas antes que volviera a abrir aquella puerta y me enfrentara con el caos de una casa donde todo andaba patas arriba, deshecho y semisepultado en el fango.

Arriba, en el piso del dentista, veíamos subir rápidamente el nivel del agua en la calle. Empezaron a pasar objetos flotantes; bidones y maderos en su mayoría. Un río de aceite y petróleo se extendía sobre las aguas rojizas. La escena estaba iluminada por el incesante parpadear de distantes relámpagos. Aquellos relámpagos procedían de Llíria y sus vecindades, donde en aquellos momentos caían una tromba inenterrumpida de agua (creo que se registraron entre 600 y 800 litros por metro cuadrado).

El amanecer, un amanecer tardo y perezoso, nos mostró el espectáculo estremecedor de la calle de la Barraca con agua hasta las cerraduras de las puertas. Seguía pasando aceite, y bidones, y troncos, y muebles, y puertas… En una ocasión pasó dando tumbos todo un quiosco de madera. Más tarde desfiló como un galeote una cisterna de camión de 8.000 litros de capacidad…

Port de València riuada 1957

El agua empezó a bajar con desesperante lentitud en el curso de aquella interminable mañana. Pero poco después de comer se desencadenó una apocalíptica tormenta de agua, de rayos y de truenos. El agua empezó a subir de nuevo, llegó al nivel que tenía antes y los rebasó en más de 30 centímetros. Si aquella terrorífica tormenta se produce durante la noche, a oscuras y con el agua subiendo con rapidez, creo que nos morimos todos de miedo.

Las mujeres, de todas formas, empezaron a hacer proyectos para evacuar el piso y subirse a los tejados en caso necesario. La idea parecía absurda porque el nivel del agua era muy superior a la del inmediato puerto, y sólo la maldita verja que circunda el muelle impedía que el agua desembocara en el puerto lanzándola en dirección a nosotros. No obstante me abstuve de protestar ni hacer comentarios. En aquellos instantes, lo más absurdo parecía perfectamente posible.

Finalmente cesó la tormenta y el agua dejó de subir. Cerró la noche. Pero mi mujer había visto desde la galería de los vecinos el aspecto que ofrecía nuestra casa por la puerta abierta del corral… y aquello la dejó desmadejada y silenciosa. ¡Ella que se miraba con tanto amor en sus muebles conseguidos a costa de tanto esfuerzo!

Dormimos bien aquella noche. Desperté al amanecer y me asomé a la calle. El agua había bajado durante la noche y no quedaba en la calle más que una palmo de barro rojizo fileteado de espesas cintas de petróleo, con multitud y diversidad de objetos que quedaron varados al azar; cómodas, sillas, bidones, maderos, montones de cañas contra los postes, perros y demás animales muertos e hinchados…

Bajé el primero y abrí la puerta de casa a empujones. Por mucho que esfuerces la imaginación, querido amigo, no puedes formarte una idea de cual sería el aspecto de tu casa y tus cosas después de una inundación. La escena resulta extraña, desconocida, como si aquella no fuera nuestra casa y aquellas las cosas que hemos estado utilizando a diario. Salí en busca de unas botas de goma, empresa vana, porque la zapatería era un caos de mostradores y estanterías amontonados, pero el paseo por las anegadas calles, en ocasiones con agua hasta la rodillas me dio una idea justa de la magnitud de la catástrofe.

Foto aèria del Cabanyal en la Riuada de 1957

El Cabanyal era un valle de lágrimas en aquellas primeras horas de la mañana, la primera después de la tragedia. Las gentes iban como atontadas por las calles, se miraban sus muebles y sus ajuares destrozados… lloraban…

Volví a casa. Lloviznaba. Uno captaba al paso noticias y detalles de la tragedia. La gente se apresuraba a comprar alimentos donde podía y como podía. Nosotros hicimos lo propio hasta el mediodía, en que llegó muy pálido el tío de Carmen provisto de botas altas y nos conminó a abandonar todo aquello para irnos con él a su casa del Grao. Nosotros habíamos pensado hacerlo y nos preparábamos al efecto. En pantalón corto de baño, con el niño a cuestas, seguido de mi mujer y mi perra, ambas chapoteando en la ciénaga, salimos de aquel infierno y llegamos al Grao.

Allí vimos nuevas muestras del furor de las aguas. Gran número de cubas de la próxima estación habían sido desmontadas de los vagones y yacían tiradas aquí y allá. No había comunicación de ninguna clase. Ni trenes, ni tranvías, ni teléfono, ni agua, ni luz, ni gas… La obra magna del Hombre, la Civilización, fracasó frente a este impetuoso ronquido de la Madre Naturaleza. Un eructo, y todo se fue a paseo.

pascual-1

 

En fin, querido Paco, Esta fue mi participación modesta en la tragedia. Infinidad de gente lo pasó peor que nosotros, y muchos ni siquiera viven para contarlo. Pero no creas que toda Valencia está destruida, como dan a entender los periódicos y las noticias radiadas. Algunos barrios resultaron seriamente afectados y el agua invadió hasta la Plaza del Caudillo. Pero no todo son muertos, ni casas derrumbadas, ni todo lo demás.

Nosotros estuvimos refugiados en la casa de los tíos del Grao hasta el domingo por la tarde, en que se reanudaron en parte los servicios de tren eléctrico. Ese día tomé un taxi y me hice llevar a la estación con algunos chismes, y ahora estamos en Llíria, esperando que Ernesto disponga de un momento libre para ir a recoger nuestros muebles en su camión. No sé todavía que haré, aunque es muy probable que no regrese a ese condenado barrio donde por un quítame allá esas pajas ya estamos con agua hasta el cuello. Por lo pronto puedes escribirme a Llíria. Si encontrara un piso adecuado y no muy caro, a lo mejor me quedaba a vivir aquí.”

I així fou. A finals d’octubre de 1957, Pasqual Enguídanos traslladà definitivamente la seua residència familiar a Llíria on continuà escrivint la seua extensa obra literària fins que va morir el 28 de març de 2006.

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